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Ministerio Competitivo

By Brian Congdon

Es característico de un caminar íntimo con Cristo experimentar una fuerza energizante y vivificante. En el ministerio cristiano, los refinados dones, las diversas habilidades y las posiciones provistas de poder a menudo se interpretan como “la evidencia” de esta fuerza proveniente de Cristo. Sin embargo, éstos no son el estándar. ¿Por qué? En la construcción del Reino de Dios, como en cualquier otra construcción, cuanto más alto es el edificio (cuanto mayor es el llamado), mayor cimiento se requiere (mayor equipamiento). ¿Es válido ver entonces el ministerio como una especie de competencia? ¿Acaso no alentó el apóstol Pablo a los creyentes a competir diciendo: "¿No sabéis que en una carrera todos los corredores compiten, pero sólo uno obtiene el premio? Corred, pues, de tal modo que lo obtengáis." (1 Cor. 9:24)? Bien, los cristianos pueden ciertamente correr en las sendas de Dios; no obstante, la dinàmica real detrás de esta carrera (correr hombro a hombro con los creyentes) se ha confundido con una carrera contra los creyentes. Operar el ministerio cristiano a través de una lente de competencia y rivalidad bloquea el modelo ejemplar del sacrificio de Cristo: "El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos" (Mt. 20:28).

Nuestro deleite como cristianos debe originarse en nuestra humildad y no en nuestros dones,  habilidades o posiciones. En cierta ocasión fui parte de una carismática célula de oración centrada en la intercesión. El grupo realmente se destacó en términos de habilidades intercesoras mientras oraban y profetizaban sobre los demás. ¡En verdad este ambiente positivo era refrescante¡, las profecías estaban sostenidas en la verdad y el Espíritu Santo se hacía presente! Pero eventualmente, un rasgo de carácter extraño terminó por revelarse: los miembros del grupo trataban de superarse unos a otros con palabras proféticas poderosas. Un intercesor hablaba y compartía una idea, articulando detalles intrincados con toques poéticos y rimbombantes entre oración y decretos. ¡Pronto le seguía otro con una palabra aún más conmovedora! Los intercesores se disputaban para ver quién podía enunciar su profecía primero. Un día, al ver esta realidad desarrollarse durante varios meses, percibí al Espíritu Santo sutilmente arrojando una "bomba de la verdad" a mi espíritu. Su voz fue tan suave como clara: "El ministerio no es una competencia". Enseguida tomé la decisión de mantener dicha revelación en silencio determinando sin duda alguna que ésta no sería aplaudida en aquella atmósfera.

Pero el Espíritu Santo no se rendiría tan fácilmente (con frecuencia Sus planes son totalmente opuestos a los nuestros) y continuó impulsándome a decir algo al respecto hasta que finalmente y a regañadientes, acepté. Cuando por fin les expresé gentilmente aquella revelación del Espíritu, Bobby Rose (nombre ficticio de la líder del grupo) estalló de inmediato con toda la hostilidad emocional de una fiera enfurecida: “Bueno, por supuesto! ¡Es para el Señor!" – ella gruñó visiblemente irritada. ¡La cara de Bobby Rose parecía un globo colorado a punto de estallar! Lejos de profesar un genuino comportamiento pastoral, se mostró como una criatura posesiva y agresiva defendiendo su premio. Al igual que prender súbitamente un interruptor, una severa actitud se encendió: "¡Estoy a cargo aquí! ¿Cómo te atreves a cuestionar mi ministerio?” “Respetuosamente, er, um, señora… no es su ministerio, es del Señor.” El ministerio cristiano es la obra del Señor, llevada a cabo a través de vasijas rotas. ¿Tomó nota del adjetivo "rotas"? Las fisuras son un requisito previo para la efectividad del Reino. Las vasijas sin fisuras sólo tienen espacio suficiente para sí mismas y no tienen intención de compartir sus recursos con otros. "Pero tenemos este tesoro en vasijas de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no de nosotros" (2 Cor. 4: 7).

En otra ocasión participé en una conferencia en la iglesia donde el tema principal era el Reino de Dios. El orador de la conferencia estaba muy ungido y enseñó ampliamente sobre los principios del Reino. Una de las sesiones fue seguida por otra de anuncios proféticos a libre micrófono. En el piso del auditorio varios profetas "emergentes" esperaban su turno en unifila para compartir sus anuncios. Después de que algunos anuncios promedio no lograron sorprender a la multitud (no hay tal maestro como la práctica), una joven tomó el micrófono y procedió a dar una conferencia a la audiencia en un tono superior y autoritario, como "dando una lección" sobre madurez espiritual. Consecutivamente, el orador de la conferencia, sin ningún signo de impresión, con calma pero con firmeza explicó que los profetas que compiten en una congregación no son el diseño del Reino, por el contrario, "¡cuán maravilloso es cuando los profetas vienen sin espíritu competitivo a refrescar a la congregación con la "Palabra del Señor!"

Como residente de la región capital nacional en los EE. UU., es frecuente interactuar con aquellos que sirven en puestos de influencia considerable y, en algunos casos, en plataformas nacionales. Como asistente fiel de una iglesia en esta área, llegué a observar a un miembro pronunciar una extraña "profecía". ¡Este miembro laico era un abogado constitucional que de hecho había litigado ante la Suprema Corte! De manera legal y articulada, recitó algunos versos del Antiguo Testamento sin interpretación ni aplicación de los mismos. Cantidad de pastores y miembros de la audiencia abruptamente entregaron una gran ovación al reciente orador, incluyendo un pastor que prácticamente salió disparado a sus pies con entusiasmo. La reacción de los oyentes fue innegablemente calurosa y arrebatada; sin embargo, dicha "profecía" no contenía profecía ni unción espiritual! Era simplemente una exhibición de este hombre y sus perfectamente conformadas habilidades de presentación. Los pastores de esta iglesia en declive (muchos congregantes abandonaron la iglesia al transcurrir los años) pudieron haber visto en este “súper miembro” a su niño prodigio en virtud de haber alcanzado un alto estatus en el "tribunal" de la opinión pública, elevando su imagen y reputación. En otra ocasión, estos mismos pastores se me acercaron para preguntar respecto a un asunto personal. Al final de la conversación, mencionaron el tema (no relacionado, por cierto) de este mismo abogado, alardeando de cómo fue asesorado por un destacado erudito y cómo había asumido casos de derecho constitucional frente a la Suprema Corte. Después de que asistí 4 años a dicha iglesia y de haber servido a nivel liderazgo para uno de ellos, percibí estas actitudes bastante desconcertantes. No mucho después, dejé voluntariamente la “Iglesia de la Soberbia Familia” (nombre ficticio) por otra familia no tan soberbia. Un miembro de la iglesia me pidió reconsiderar mi decisión, oferta que decliné con cortesía.

Otra forma de competencia ocurre a través de la divisoria generacional. He aquí un joven que fue nombrado responsable de un proyecto de mercadeo por un pastor respetado y con una red de iglesias a su cargo. Como era de esperarse para cualquier proyecto que inicia, el joven comenzó haciéndole preguntas clave al pastor respecto al diseño, contenido, mensaje, colores, etc. La respuesta concreta de este líder fue "Realmente no estoy seguro. Hazlo y en tanto esté hecho, sabré si me gusta". Sin un diseño u orientación que ofrecer, el líder se convirtiò en el capitán del barco, sí, ¡un barco sin timón! Por alguna razón, quería guardar todos los requisitos de construcción para más adelante, quizá para cuando los conociera. El entusiasmo juvenil y el deseo de servir del joven se hicieron ver cuando el proyecto inició a toda máquina. Después de un esfuerzo significativo, mucho sudor, energía y tiempo, finalmente concluyó el proyecto. Y después de múltiples intentos fallidos de recibir retroalimentación, el joven presentó el fruto de su trabajo cuidadosamente elaborado. ¿Cuál fue el resultado?, como un tren de carga saltando las vías, el ministro pronunció estas temidas palabras: "Esto no es en absoluto lo que tenía en mente; descartemos todo y cambiemos el rumbo para hacer algo totalmente diferente". Unas pocas palabras bastaron para eliminar semanas de trabajo. Aunque el líder tenía “la sartén por el mango”, también tenía la responsabilidad de ejercer humildad y buen juicio. Es evidente que el pastor estaba apenas iniciándose en el mercadeo, por lo tanto ameritaba otorgar el beneficio de la gracia. Quizas este líder pasó por alto su impacto o papel en la ecuación. Aún así, prefiriendo mantener la subordinación en su aprendiz, utilizó el poder de su posición para afirmar su rango. El desechar ciega e indiferentemente todo el esfuerzo empleado, bien podría ser calificado por muchos como un evidente abuso del poder.

¿Qué lecciones podemos rescatar de estas disputas competitivas? Lejos de juzgar el motivo, el objetivo es ilustrar la arquitectura de una realidad espiritual frente a una realidad carnal. Es fácil destacar el yerro ajeno, lo difìcil y valioso es aprender de nuestros errores. El objetivo y el énfasis aquí es aprender a separar la vanidad de la vida espiritual. Un mejor enfoque como cristianos se puede simplificar en los siguientes puntos: En primer lugar, reconocer que todos pertenecemos al Cuerpo de Cristo en el que cada miembro está equipado de manera única para funcionar en su vivificante diseño y llamado. Cada miembro es un ministro, incluso si no todos tienen el mismo nivel de responsabilidad. En segundo lugar, someterse a la esfera de conocimiento de otra persona cuando es superior a la tuya. Aun así, todos nos necesitamos mutuamente sin posibilidad de prescindir de los demás ya que nadie lo tiene todo. 

Si nuestro estatus especial, nuestro elitismo intelectual o nuestras habilidades sobresalientes no están ancladas en el carácter, causarán daño en vez de beneficio. No importa cuántas sanaciones, palabras poderosas, proezas de super heroísmo, hazañas caminando en agua o gran carisma se pueda tener; nadie está por encima de la "ley" de la transformación del carácter, nadie. El carácter transformado valida los dones, nunca éstos por sí solos o a sí mismos y su asignación no nos hace únicos en lo absoluto; la tenencia de dones es en realidad una característica común de toda la humanidad, sea salva o no. Pablo dijo que más bien haría alarde de sus debilidades (2 Cor. 11:16-33), no de su inteligencia, dones o posición para decirle a la gente qué hacer. Por supuesto, todos cometemos errores y algunos realmente absurdos; es parte del crecimiento y desarrollo para convertirnos en seres humanos funcionales. Los niños pequeños y los adolescentes se consideran menores de edad (¿en serio?) porque todavía no son adultos responsables. La Escritura también nos ordena perdonar a los demás (Mt. 6:15), no juzgar para que no seamos juzgados (Mt. 7: 1-2), y no retener nada en contra de nadie (Rom. 14: 10-12). Debemos arrepentirnos rápidamente y evitar guardar rencores. También debería observarse un axioma en la iglesia que rece "Si VES algo, ¡ORA algo!" En otras palabras, si vemos el error de un hermano o hermana que está ciego o sordo, ¡nosotros somos responsables de orar por ellos! Todos tenemos áreas de ceguera y nadie está exento de la necesidad de ajustes y correcciones de rumbo.

Nuestras vidas no son más que un soplo de viento en un plan cósmico de proporción eterna. Todo es vanidad (Ecl. 1:2). Aunque cada persona es creada a imagen de Dios y, por ende, valioso, no siempre somos tan especiales o únicos como generalmente queremos parecer ante los demás. El único verdaderamente  inigualable aquí, sin excepción, es el hijo de Dios, Jesucristo. Debemos darle constantemente todo el crédito a Él. Somos llamados (aunque a menudo somos débiles, dependientes y estamos hechos de polvo) para desempeñar un importante papel en la tierra en la construcción de la Ciudad cuyos cimientos son eternos (Heb 11:10). ¿Cuándo comenzaremos a quitar nuestra atención de nosotros mismos y volver nuestros ojos hacia el Salvador? He sido profundamente afortunado de convivir con algunos santos auténticos que personificaban a Cristo en Su carácter genuino. Esta valiosa minoría estaba dispuesta a pagar el muy alto precio de la obediencia a lo largo de muchas décadas. Aunque son raros y a menudo ofuscados, cuando te encuentras con ese verdadero carácter transformado a imagen de Cristo, brillan como diamantes en espíritu, ¡un tesoro para la vista!

Cristo es la definición misma de humildad. Él es el Siervo Sufriente (Is. 52: 13–53: 3):

Este Siervo "será prosperado, será engrandecido y exaltado" (52:13), una imagen de majestad y asombro. Sin embargo, esta exaltación no ocurre de la manera que los seres humanos esperarían. El Siervo no es elevado debido a algún tipo de belleza externa o estatura real evidente, ya que fue “desfigurado más allá de la apariencia humana" (v. 14) y no tiene "forma o majestad para mirarlo, ni atractivo para desearlo" (53: 2). No, la humillación es el camino para la exaltación del Siervo Sufriente.
Revista Tabletalk, abril de 2013, Ligonier.org

La profundidad del sufrimiento legítimo y la respuesta obediente del creyente (esto transforma el carácter con tiempo) son los factores determinantes de buena fe detrás de la influencia espiritual genuina. Para ponerlo en términos laicos, si se desea tener mucha influencia en el Reino de Dios, se debe pagar un precio muy alto. Algunos lo perderán todo. Pero al otro lado de los profundos valles de la soledad y la pérdida, Cristo nos resucitará y pagará doble por la pena. Cristo perdió todo aquello que alguien podría perder, incluso su propio cuerpo, más en Su resurrección, las naciones fueron Su recompensa (Sal. 2).

>No aspires a ser como la veleta dorada en la cima de un gran edificio. Por mucho que brille, por alto que sea, no agrega nada a la firmeza de la estructura. Más bien sé como un viejo bloque de piedra escondido en los cimientos, debajo del suelo donde nadie puede verte. Gracias a ti, la estructura no caerá.
-St. Jose Maria Escrivá

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Is Ministry a Competition?

By Brian Congdon

Energizing, life-giving strength is available if we walk intimately with Christ. In Christian ministry, polished gifts, abilities, or power-endowed positions are often used as the “evidence” of this Christ-like strength. Are they the standard? Not exactly. As the popular saying goes, the greater the calling, the deeper the foundation required. Is ministry a competition of sorts? Didn’t the Apostle Paul encourage believers to compete by stating, “Do you not know that in a race all the runners run, but only one receives the prize?” (1 Corinthians 9:24) Christians may certainly seek to run in God’s course, but it isn’t a race against other believers. Competitive approaches to Christian ministry block Christ’s exemplary pattern of sacrifice. “The Son of Man did not come to be served, but to serve, and to give his life as a ransom for many” (Matthew 20:28).

We Christians ought to take pride in our humility rather than our abilities or being in charge of something. Once I was part of a charismatic house group focused on intercessory prayer. The group really stood out in terms of their intercessory skill as they prayed and practiced prophesying over others. This positive atmosphere was refreshing! The prophecies rang true and the Holy Spirit was present. But eventually, an odd character trait revealed itself. The group members would try to outdo one another with powerful prophetic words. One intercessor would speak and share an insight, articulating intricate details almost poetically as they prayed and made decrees. Then another would follow with an even more “poignant” word! The intercessors jockeyed to see who could deliver their prophecy first. Watching this reality unfold over the course of several months, one day I felt “the polite Holy Spirit” drop a “truth bomb” in my personal spirit. He spoke very softly, but said “Ministry is not a competition.” I quickly made the decision to keep it quiet, matter-of-factly sensing it would not go over well in this atmosphere.

Not one to give up easily—the Holy Spirit had different plans. He continued prodding me to say something to the point that I finally, reluctantly agreed. As I gently voiced the phrase in a time of open sharing, Bobby Rose (not her real name) immediately erupted with all the emotional vitriol of an angry tiger. “Well, of course! It’s unto the Lord!!!” she snarled, visibly irritated. Bobby Rose’s face looked like a colored balloon that was about to pop! In place of an inviting pastoral demeanor was a possessive, aggressive creature defending its prize. Now, with a simple flip of the switch, a stern attitude took over, booming: “I’m in charge here!  How dare you question my ministry?” Respectfully, er, um, ma’am… it’s not your ministry. It’s the Lord’s. Christian ministry is the Lord’s work, carried out through invariably cracked vessels. Did you take note of the “cracked” adjective? The cracks are a prerequisite for Kingdom effectiveness. Un-cracked vessels have only enough room for self and have no intention of sharing resource with others. “But we have this treasure in earthen vessels, that the excellency of the power may be of God, and not of us” (2 Corinthians 4:7).

Another time I participated in a church conference where the main theme was the Kingdom of God. The conference’s speaker was very anointed and taught extensively on Kingdom principles. One session was followed by free-for-all “prophetic mic” announcements on the auditorium floor. Several ‘emerging’ prophets single-file awaited their turn to share comments. After a few mediocre announcements failed to ooh-and-ah the crowd (we all have to learn some way, somehow J), a young woman grabbed the mic and proceeded to lecture the captive audience in a condescending and professorial tone, as though “teaching a lesson” on spiritual maturity. In turn, the conference speaker didn’t skip a beat. He calmly but firmly explained how competing prophets in a congregation are not the Kingdom pattern, rather “how wonderful it is when the prophets non-competitively come to refresh the congregation with the ‘Word of the Lord’!”

A resident of the national capital region (in the USA), I have crossed paths with those who serve in positions of considerable influence and, in some cases, on national platforms. As a faithful attendee of a church in this area, one time I observed a congregant deliver a strange “prophecy.” This lay member was a constitutional lawyer who had actually argued cases before the Supreme Court! In a lawyerly and articulate fashion, he recited some verses from the Old Testament, but offered no interpretation or application of the Scripture recitation. A plurality of pastors and audience abruptly gave an ovation with one pastor nearly catapulting to his feet with excitement. However, the “prophecy” contained no prophecy or spiritual unction! It was merely a showcase of one man’s neatly packaged presentation skills. The pastors of this declining church (many congregants left over the years) may have viewed this super-member as their wunderkind because he had achieved a lofty status in the “court” of public opinion. Perhaps he boosted their perceived public image. On another occasion, these pastors approached me to inquire about a personal matter. At the end of their inquiry, they brought up the unrelated topic of this same lawyer, bragging about how he been mentored by a prominent scholar and taken on constitutional law cases in front of the Supreme Court. Having attended for 4 years and served in leadership for one of them, I found these patronizing attitudes unsettling. Not long after, I voluntarily left the Church of Self-righteousness (not its real name) for less self-righteous pastures. I was asked to consider staying by a fellow member; I politely declined.

Another form of competition happens across the generational divide. Enter the apprentice who was made responsible for a marketing project under a respected pastor with a network of churches. As is best practice when building something new, the apprentice started the idea-gathering phase with key questions. Layout? Content? Message? Colors? This leader’s actual response was “I’m really not sure. When I see it, I’ll know if I like it.” With no blueprints or orientation to offer, the pastor was the captain of the ship—a ship whose rudder was missing! For some reason he wanted to save all building requirements for later. The apprentice’s youthful zeal and desire to serve were in no short supply as the project began full steam ahead. After significant work had been completed, much sweat, energy, and time was expended on the project. And after multiple failed attempts to gather feedback had transpired, the apprentice presented his carefully made deliverables. Like a freight train jumping the tracks, the minister uttered the dreaded words: “this isn’t at all what I had in mind; let’s scrap this direction and go with something totally different.” With a few quick words, he singlehandedly wiped out weeks of work. Though he may have had the right to a veto—the minister also had a responsibility to exercise humility and good judgment. This pastor may have just been learning about marketing, so, giving him the benefit of grace, perhaps he didn’t realize his impact or role in the equation. Still, preferring to maintain subordinancy in his apprentice, he used the power of his position to assert rank. Blindly (and indifferently) discarding all that went into the effort, some might label this a demonstrable misuse of power.

What can these competitive spats teach us? Rather than judging motive, the goal is to illustrate the architecture of a spiritual reality versus a fleshly reality. Though anyone can point out what people do wrong, there is great value to be gleaned from our mistakes. The aim and emphasis here should be on learning to separate out vanity from spirit-life. A better approach as Christians is the following list of points. First off, acknowledge we all belong to the Body of Christ wherein each member is uniquely equipped to function in their life-giving design and calling. Every member is a minister even if not all have the same responsibility level. Secondly, defer to other believers’ expertise and area of ability where it is superior to your own. We all need each other. No one has it all.

Special status, intellectual elitism, or razor-sharp skills—when not anchored in character—can and will do damage. No matter how many healings, power-filled words, water-walking feats of super-heroism, or convincing charisma, no one is above the “law” of character transformation. Godly character validates gifting, never the latter by itself. Giftedness doesn’t equal uniqueness; it is commonplace and normal to all humanity whether saved or not. Paul said he would boast in his sufferings (2 Corinthians 11:16-33), not his intelligence or gifts or position to tell people what to do. Of course, we all make mistakes and commit really stupid blunders. It is part of growing up and developing into a functional human being. Little kids and teenagers are considered under-age (news flash!) because they are not yet responsible adults. We are also commanded by Scripture to forgive others (Matthew 6:15), not judge lest we be judged (Matthew 7:1-2), and not hold anything against a brother (Romans 14:10-12). We must repent quickly and avoid harboring grudges. There should also be an axiom in the church which says “If you SEE something, PRAY something!” In other words, if you see a brother or sister’s error and they are blind or deaf to it, you are responsible to pray for them! We all have areas of blindness and no one is exempt from the need for adjustment and course corrections.

Our lives are but a breath of wind in a cosmic plan of eternal proportion. All is vanity (Ecclesiastes 1:2). Though every person is created in God’s image and by extension loveable, we are not always as special or unique as we usually want people to believe. The truly special and unique one here, without exception, is God’s son, Jesus Christ. We should constantly give Him all the credit. We are called, though we are often weak, dependent, and made of dust, to play a role on earth in building the City whose foundations are eternal (Hebrews 11:10). When will we start to get over ourselves and turn our eyes to the Savior? I have been deeply fortunate to hold company with some authentic saints who embodied Christ in genuine character. These precious few were willing to pay the very costly price of obedience over the course of many decades. Though they are rare and often hidden, when you encounter the real deal of transformed Christ-like character— they sparkle like diamonds in spirit; a treasure to behold!

Christ is: the very definition of humility. He is the Suffering Servant (Isaiah 52:13–53:3):

This Servant “shall be high and lifted up, and shall be exalted” (52:13), an image of majesty and awe. Yet this exaltation does not occur in a manner that human beings would expect. The Servant is not lifted high because of some kind of outer beauty or evident regal stature, for He is “marred, beyond human semblance” (v. 14) and has “no form or majesty that we should look at him, and no beauty that we should desire him” (53:2). No, humiliation is the path for the Suffering Servant’s exaltation.
Tabletalk Magazine, April 2013, Ligonier.org

The depth of legitimate suffering and the believer’s obedient response (this transforms character) are the bona fide determinative factors behind genuine spiritual influence. To put it in laymen’s terms, if you want to have a lot of influence in the Kingdom of God, you have to pay a very high price. Some will lose everything they have. And on the other side of the deep valleys of loneliness and loss, Christ will resurrect and pay back “double for the trouble.” Christ lost every single thing one could lose, even his own body, and in resurrection His reward was the nations (Psalm 2).

Don’t aspire to be like the gilded weather vane on top of a great building. However much it may glitter, however high it may be, it adds nothing to the firmness of the structure. Rather be like an old stone block hidden in the foundations, under the ground where no one can see you. Because of you, the house will not fall.
-St. Jose Maria Escriva

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